DOMINGO III. CICLO B.D. 22.01.2012. MC. 1,14-20. Juan había descubierto que amar a Dios pasa por establecer la justicia en este mundo. Herodes Antipas, se sentía cuestionado en su poder. Había metido en la cárcel a Juan, porque le resultaba molesto, como hoy resultan molestos al poder, quienes cuestionan desde el Evangelio la raíz del mal. De esto nos habla el evangelio de Mc. 1,14-20. Jesús se dirige a Galilea un pueblo pobre; despierta la esperanza de los pobres: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios; arrepiéntanse y crean en la Buena noticia”(V.15). Con Jesús ha llegado el reino de Dios, porque el tiempo se ha cumplido. Es la soberanía de Dios que exige una respuesta al encuentro personal con Él. Esto supone: cercanía de Dios, cambio de vida y fe. Sale en busca de nosotros, se hace solidario con la humanidad. Camina, junto al lago. “vio a Simón, y a su hermano Andrés que echaban las redes para pescar” (v. 16). Entra en tu vida y mi vida, en el trabajo concreto de los que llama. “Vengan conmigo” (v.17). Nos exige una respuesta pronta y coherente. Llama a Santiago y Juan. ¿Qué nos atrae de este joven nazareno? Es una novedad: sentir la presencia de Dios y que su proyecto se manifiesta en una nueva vida de fraternidad, justicia, paz, solidaridad. Contagia porque cambia tu vida, como lo hizo con los pescadores del mar de Tiberíades. “Dejaron las redes y lo siguieron inmediatamente” (18). No significa abandonar el trabajo, sino apartarse de los “proyectos de este mundo”. Apartarse del mal: ambición de poder, dominio, aprovecharse del otro, tratar inhumanamente a la persona, la injusticia y la violencia. Es decir separarse de lo que se opone al proyecto de Dios, para experimentar un cambio en nuestra vida que es seguir a la Persona de Jesús y sentirse solidario con los valores del reino que anuncia. No se trata de aprender una doctrina, sino seguir a la Persona de Jesús, porque nos presenta el nuevo rostro de un Dios cercano y misericordioso que incluye a todos, quien nos exige un cambio personal y profundo en nuestra propia vida que sea un testimonio vivo del seguimiento al Maestro. Él nos propone ante la idolatría del poder, sexo y dinero, y ganar el mundo, el valor supremo es Dios ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo, si pierde su vida? (Mc 8,36). El discípulo aprende como su maestro a gastar la vida por los demás. Frente al individualismo nos llama a vivir en comunidad y a caminar solidariamente juntos” (cf. D.A. 110). “Ante la exclusión, Jesús defiende los derechos de los débiles y la vida digna de todo ser humano. De su Maestro, el discípulo ha aprendido a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona humana” (DA. 112).
Un mundo nuevo es posible, si todos los que nos llamamos cristianos, cambiamos en serio en nuestra vida y tenemos fe. Si tejemos redes de esperanza, de reconciliación, de libertad que nos haga capaces de hacer de nuestras comunidades cristianas, centros de una profunda espiritualidad, encarnada en la vida cotidiana, con humildad, generosidad y entrega. Si nos encontramos con la persona de Jesús que nos habla en medio de la exclusión para defender el derecho a la vida y a la verdad, si hacemos de nuestra vocación cristiana una continua revisión a la luz del Evangelio. ¿Qué espera Jesús hoy de mí, de ti, de nosotros? ¿Cómo somos signos del reino de Dios en nuestra historia?”. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)
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