Epifanía del Señor. Is. 60, 1-6; Ef. 3, 2-6; Mt. 2, 1-12.

La estrella.

Miramos la celebración como una catequesis para llegar donde Jesús. El punto de partida es nuestra realidad histórica iluminada por la presencia de la luz que viene de lo alto. Palestina era una tierra que ha sido dominada por las fuerzas cercanas, por Egipto o Babilonia, por Asiria o por Grecia. El sueño era la independencia y el deseo de devolver el dominio sufrido. Pero la lógica de Dios no utilizaba los mismos criterios: es el enviado por Dios quien hace venir a los magos y los hace arrodillar en adoración, los enemigos de siempre se encontrarán delante del Señor, el nuevo Israel, la Iglesia, será el mediador, será la casa de la paz, ya no dominación, ya no dependencia sino cercanía, justicia, paz y amor.

El misterio de Cristo.

Cuando hablamos de misterio, hablamos de algo que nos involucra y que nos supera. ¿Cómo conocerlo si es misterio y si es de Dios? Es necesario ser discípulos, ser metidos en la historia humana y, al mismo tiempo, ser en comunión profunda con el Señor para leer los acontecimientos desde la perspectiva suya. Es allí cuando se logra entender que es lo que quiere el Señor. Hoy se nos revela una verdad profunda de su proyecto, de su plan: la salvación es para todos, ya no puede haber enemigos porque se ha caído la barrera que separa, todos somos llamados a decir "Padre nuestro", los paganos también son co-herederos, co-partícipes de las promesas divinas, ellos también hacen un solo cuerpo. Es un misterio que nos invita a ver nuestra cultura construida sobre contraposiciones de ricos y pobres, de estudiados y de ignorantes, de varones y mujeres, de blancos y negros... es una estructura social que necesita ser transformada con la construcción de la fraternidad, hermanos en dignidad, en reconocimiento de valor, en espacio de decisión... si todo ha sido construido sobre el tema de la contraposición, ahora hay que emprender el proceso de amor ya que Dios es amor y nosotros somos hechos como Dios.

Para encontrar al Señor.

Miramos al tema desde tres instancias, la llamada, la luz y el camino.

La llamada: es fruto de la intervención gratuita de Dios a favor del hombre que se siente incapaz de salir de su cultura de dominio, de violencia, de muerte. La humanidad toda está llamada a ir hacia el Señor, a salir de la inutilidad propia, es la humanidad toda que está llamada. Superar el pensamiento de ser capaces de ser nosotros constructores de un camino de realización y sentir que sin Dios no podemos nada, ninguna cultura puede sola, sin Dios.

La luz: no se trata solo de sabernos pobres, necesitamos quien nos revele, nos indique dónde ir y como ir; Jerusalén es punto referencial para saber pero no para quedar. La luz es de lo alto y llega a nosotros por los caminos históricos escogidos por Dios. La Jerusalén antigua era llamada a indicar el camino para llegar a Belén, la Jerusalén nueva, la Iglesia, es llamada para indicar el camino para llegar a reconocer y a encontrar al Señor resucitado que quiere vivir, caminar y actuar en y con nosotros.

En camino: no se trata de una experiencia intelectual, se trata de oír, de escuchar y de ponerse en camino. Si los magos eran de distintas tierras, se nos dice que tenemos que salir todos y de todas las culturas para encontrarnos y para dejarse guiar hacia Belén, hacia el Señor. Caminar es dejar todo lo que impide para sentirse libres, para que lo íntimo de cada uno sea vacío de cosas humanas y así el Señor pueda poner su casa y estar, para que la meta de la pascua como don de la vida sea posible, para tener la fuerza de la gracia divina.

Adorar.

Es el momento en que la historia reconoce que es de Dios. La cultura sigue planteándose como autónoma e independiente de Dios, la historia sigue contándonos el fracaso de toda iniciativa sin Dios, los magos, los que saben leer la voluntad de Dios en los acontecimientos de la vida, nos dicen la meta que es "adorar a Dios", al Dios encarnado, reconocer que somos de Dios y que nos realizamos solo en Dios y con Dios.

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