María, madre de Dios Num. 6, 22-27; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21.

Bendecir, un camino hacia la paz.

Es parte común de la costumbre humana la de pedir la bendición y la de bendecir. El decir bien es parte del reconocimiento de lo bueno que hay en la vida de las personas, es un momento que acerca a las personas, hace posible pensar y construir unidad, es un proceso que entiende la vida en un plan de solidaridad, verdad ésta que encamina hacia la paz. Es interesante ver la costumbre familiar de los hijos que piden la bendición de los papás: es el reconocimiento de la vida recibida, es el reconocimiento de la vida como don de amor, es la certeza que el hijo no se aleja nunca de los padres sino que los necesita en una presencia constante. El cristiano también pide la bendición a Dios: no puede ser de otra forma saber y recordar que la vida es don suyo y es posible solo en tanto en cuanto Él está con nosotros; la bendición de Dios es la garantía para una visión coherente con lo que Dios sembró en cada uno, para una línea clara de conocimiento de la vocación que hace posible la realización plena y feliz de la vida, la construcción de un mundo de justicia y de paz ya que Él mismo es la paz. No solo hay que pedir la bendición también hay que bendecir al Señor ya que así respondemos a los dones recibidos, los reconocemos y nos sentimos unidos con Dios.

Hijos de Dios.

¿Para qué vino el Señor a la tierra? La razón nos la comunicó Él mismo porque nos reconoce necesitados de su presencia que garantiza la gracia divina, somos pecadores y solo Dios puede liberarnos y salvarnos. Su obra no termina en una acción sino en la revelación de Dios que es nuestro Padre y nos orienta hacia una comunicación de hijos con el padre en nuestro diálogo con el Señor. Vivimos porque Dios nos ama y nos da la vida, la vida entonces no es nuestra sino que es un don en el cual hay el reflejo de quien nos la dio y solo la podemos realizar en tanto en cuanto respondemos a esta presencia y a este amor. Jesús, el hijo de Dios y Dios como el Padre, nos revela y nos hace hijos de Dios con el don de su Espíritu que es su misma vida divina.

Contemplar la obra de Dios.

Después de haber puesto la mirada en el Señor Jesús, ahora miramos a la que ha sido parte decisiva en su nacimiento, en María la mujer que el mismo Dios eligió. Nos encontramos con quien hizo de su vida una respuesta total y definitiva al Señor, no se trató de una acción física que la hizo madre en un tiempo particular sino de una respuesta que la colocó en el descubrimiento diario de lo que Dios le pedía, un descubrimiento cargado de estupor y de maravilla que la conducía a la alegría. Mirar a la vida como lugar en el que estaba Dios, detectar y definir la obra de Dios, escuchar y oír permanentemente la voz de quien le pedía un compromiso total y definitivo; el tema de la encarnación es cierto un fenómeno de dar a luz pero no es solo eso, es algo más porque implica ser capaces de reconocer, de empatar las acciones y las palabras, de hacer de la vida personal algo que se compromete en el todo del proyecto de Dios.

En María descubrimos el camino del cristiano.

Mirar a María desde la perspectiva de quien entendió su vida como una elección, como una llamada que exige una respuesta nos lleva a entender a nosotros en el mismo tema: el cristiano es uno que es elegido y que es llamado. Desde allí empieza el proceso que nos conduce a sabernos discípulos y a responder para ser tales, todo nos pide escucha, meditación, reflexión hasta llegar al momento cumbre, el de la pascua porque solo allí llegaremos a entender y a entendernos.

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