7° Domingo Tiempo Ordinario Is. 43, 18-19.21-22.24b-25; 2Cor. 1, 18-22; Mc. 2, 1-12
 
La meta del Evangelio.
Cristo es el hijo de Dios, el poder sobre el pecado lo revela. El pecado es equivocar el ideal, la meta de la vida, es apuntar a un objetivo falso y, desde allí, es ir contra los compromisos asumidos. Los escribas son la expresión de la incapacidad humana de entender el Dios vivo, el Dios encarnado. El paralítico manifiesta su capacidad de fe y la de los que lo acompañan. La contraposición permite entender a Jesús-Evangelio, momento de gracia que hace posible orientar la vida.

El perdón.
Es un gesto que expresa la realidad propia de Dios ya que “Dios es amor” y el perdón es fruto del amor. Tenemos que ahondar ese tema que está ligado a la gratuidad, verdad que utilizamos pero que no entendemos hasta el fondo. La misma catequesis en la que crecimos nos enseñó que, para acercarse al sacramento del perdón o de la reconciliación, es indispensable tener unos gestos necesarios como el examen de conciencia, el dolor de los pecados, la promesa de no repetir más la culpa, la confesión y la penitencia. Si Dios ve estas actitudes y gestos, entonces interviene con su perdón, pero ¿cómo es posible todo eso si no después de la intervención gratuita y amorosa del Señor? ¿cómo puede el hijo pródigo volver a la casa si antes no ha sido topado por la misericordia de Dios? Somos incapaces de salir del mal ni de tener conciencia del mal si no es por la intervención divina. Dios no es el contralor de nuestra actuación, sino que es la raíz de una vida nueva porque nos re-crea con su amor gratuito y hace posible un cambio de visión y de actuación. Todo eso por fidelidad a sí mismo y no como pago a nuestras obras, más su amor se expresa más fuerte en el momento de la infidelidad humana logrando el cambio de vida.

El escándalo provocado por el Señor.
El milagro de la curación del paralítico empieza con una palabra que revela como Dios mira al hombre pecador, lo llama “hijito”, es la manifestación de la verdad del Padre; para Dios siempre los hombres son hijos a pesar del pecado, su verdad de padre no responde a la bondad del hombre sino a la fidelidad a sí mismo. Es un título cargado de ternura que revela su amor, el único camino que hace posible el perdón. Es de allí que viene el perdón, un don gratuito, totalmente gratuito sin preguntar al paralítico si antes era arrepentido o no, su perdón precede el arrepentimiento y, más bien, es lo que hace posible el arrepentimiento. Dios no es justicialista sino que vence el mal con el amor. Hay un tercer aspecto que provoca escándalo y es dado de la realidad de Jesús, el hijo encarnado, es la verdad de un hombre que es el instrumento del perdón de Dios, es la verdad del hombre-sacerdote que “en nombre de Cristo” hace posible hoy también el perdón del Señor.

No somos solos.
Es otro momento en el cual nos sentimos solos en lo referente al mal, cada uno piensa que es un asunto personal que tiene que solucionar a solas con el Señor, pero ¿de dónde sacamos la  fuerza si no podemos contar con el apoyo de unos hermanos? Celebrar el sacramento es saber que somos miembros de la Iglesia, de una comunidad donde, sea el sacerdote con su misión propia como con la oración de los hermanos, somos acompañados en el proceso de conversión, el amor gratuito es el eje central y la ayuda de los hermanos es momento solidario del camino de fe. El perdón así se vuelve una experiencia profunda de amor y, al mismo tiempo, puede vencer al pecado aunque sea fatigoso perdonar y no tan fácil entender la gratuidad de Dios.

El perdón es la raíz verdadera de la curación.
Empieza una vida nueva, el paralítico coge su camilla y empieza a andar mientras que los fariseos se quedan en su visión cerrada. El amor es la causa de la vida, de una vida dinámica que se construye en el camino constante hacia el mañana, camino que revela el don de Dios y que lo anuncia. Si antes eran cuatro los que llevaban al paralítico, un número que revelaba la totalidad de la humanidad, ahora se une también quien era excluido porque la casa del Padre es casa para que todos, para que los pecadores descubran que hay quien los ama y los espera.
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