Domingo VI. T.O.Ciclo B. D.12.02.2012. MC. 1,40-45.  En la penumbra del templo, había un varón con sida. Había sido rechazado por su familia y sus hijos. Y se había dedicado a prevenir contra el sida. Era uno de los miles de marginados, como el leproso en tiempos de Jesús.

De esto nos habla el evangelio de Mc. 1,40-45. La lepra excluía al leproso de la comunidad, como hoy los sidosos son excluidos.

“El que ha sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado. Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento”(Lev. 13,44-46). Era un muerto en vida. El leproso rompe la ley. Este despreciado y condenado a estar lejos de los demás y de Dios; se acerca a Jesús y se lo permite: Ambos violan la Ley (Lev 5,3; Nm 5,2). Hay dos actitudes: la fe del leproso que creía que Jesús puede sanarlo: “Si quieres puedes sanarme”(v. 40).

El amor, la compasión, la cercanía de Jesús hacia los enfermos: “Él se compadeció, extendió la mano y lo tocó. Y le dijo: Lo quiero, queda sano” (v. 41). Hoy los discípulos de Jesús estamos llamados a sentir compasión, tocar la lepra moral en nuestra sociedad y sanarla. Y contribuir a sanar la sociedad.

La batalla contra el mal y la enfermedad, es misión de todo cristiano. La lepra, según el boletín de epidemiología de la OMS, del 2010, existe actualmente en 123 países con un total de 228,474 personas; India, Brasil, China, Tanzania, Filipinas, Mozambique entre otros países.

El leproso sanado, se convierte en un evangelizador, pese a que Jesús le había ordenado callar, lo que se conoce como el secreto mesiánico, que será comprendido después de su muerte y resurrección. Y el Papa Benedicto XVI en la XX Jornada Mundial del enfermo nos recuerda:

“La tarea principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del Reino de Dios, «pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: “… para curar los corazones desgarrados” (Is 61,1)» (ibíd.), según la misión que Jesús confió a sus discípulos (cf. Lc 9,1-2; Mt 10,1.5-14; Mc 6,7-13). El binomio entre salud física y renovación del alma lacerada nos ayuda, pues, a comprender mejor los «sacramentos de curación».

Deseo animar a los enfermos y a los que sufren a encontrar siempre en la fe un ancla segura, alimentada por la escucha de la palabra de Dios, la oración personal y los sacramentos, a la vez que invito a los pastores a facilitar a los enfermos su celebración. Que los sacerdotes, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guías de la grey que les ha sido confiada, se muestren llenos de alegría, atentos con los más débiles, los sencillos, los pecadores, manifestando la infinita misericordia de Dios con las confortadoras palabras de la esperanza (cf. S. Agustín, Carta 95, 1: PL 33, 351-352).

A todos los que trabajan en el mundo de la salud, como también a las familias que en sus propios miembros ven el rostro sufriente del Señor Jesús, renuevo mi agradecimiento y el de la Iglesia, porque, con su competencia profesional y tantas veces en silencio, sin hablar de Cristo, lo manifiestan (cf. Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).

A María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos, dirigimos nuestra mirada confiada y nuestra oración; su materna compasión, vivida junto al Hijo agonizante en la Cruz, acompañe y sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de curación de las heridas del cuerpo y del espíritu”.

Fe y compasión nos exige Jesús para ser limpios y devolver la belleza a todo lo creado y la felicidad al ser humano. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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