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Pascua de resucreción
Hch. 10, 34.37-43; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9.
/ Viernes 2 de abril de 2010
  
 

Testigos de la resurrección.

La misión del discípulo radica en el testimonio. El cristiano tiene que ser testigo, pero ¿de qué? Pedro, Juan y los demás anuncian lo que han visto, lo que han oído, lo que han contemplado, Pablo anuncia lo que ha encontrado en la vía de Damasco.

Es indispensable haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte. No se trata de un buen ejemplo sino de la verdad del Cristo resucitado, del Cristo vencedor de la muerte. Desde allí viene lógica la realidad de una vida nueva, de un nuevo sentido, y la construcción de un estilo nuevo de vida; nuestro modo de ser y de entendernos, nuestra forma de amar y de construir relaciones, nuestros planteamientos de acción frente a lo económico, a lo social y a lo político, se dejan iluminar por la verdad de la pascua.

Pedro, la Iglesia, anuncia el todo de la vida de Cristo.

Siempre nos reconocemos en Pedro, porque él es el carisma de comunión en el cuerpo místico de la comunidad cristiana. El anuncio no se separa del contexto histórico en el cual se encarnó el Hijo de Dios, sino que allí se tiene que reconocer y ver al Maestro vivo. La resurrección es el momento cumbre del todo de la vida de Jesús, es la respuesta al don de su vida que se expresó en el amor, el que “pasó haciendo el bien”. Somos testigos de su muerte y de su resurrección, de su presencia viva y Él es el referente de toda decisión y de toda acción del cristiano.

Bautismo es resucitar con Cristo.

Sepultados en el agua del bautismo para resucitar al don de la vida. Es una nueva creación que realiza y exige obras buenas, obras de justicia según la lógica del Señor que se plantea como don de la vida. No pueden faltar las obras buenas porque éstas son los frutos de la vida nueva surgida en la pascua de resurrección.

El día después del sábado.

Si el sábado es el día de la culminación de la obra creadora, el día después es el comienzo de lo nuevo. No se trata de una intervención divina aislada del contexto global de la vida, se trata de un todo nuevo, de una vida nueva, de una historia nueva, de una sociedad nueva. Empieza una nueva realidad que tiene al Señor como centro y como razón de su ser, como la luz que orienta la construcción de la vida y como gracia que hace posible el camino.

Es en el comienzo del día, en la madrugada.

Es significativa la nota del momento ya que la referencia es a la luz que vence a las tinieblas y hace posible el comienzo de la jornada. “Yo soy la luz del mundo”: éste es el momento de la verdad de la luz, de la victoria sobre el pecado. Delante de la muerte podemos resignarnos y llorar o abrir el corazón a la luz. Es la Magdalena que se encuentra frente al dilema, es cada uno que es llamado a dar una respuesta.

Pedro y el discípulo que Jesús amaba son llamados a iluminar.

Si la Magdalena corre donde Pedro y el discípulo que Jesús amaba es por la necesidad del testimonio de quien ha estado con el Maestro. La Iglesia tiene que ser la que es capaz de iluminar el momento angustioso de la vida, el momento que necesita de la luz que viene de lo alto: misión grande que exige una relación continua de fe y de oración al mismo tiempo que se traduce en anuncio constante.

El discípulo sin nombre.

Es interesante ver como éste discípulo está cerca siempre a Pedro al mismo tiempo que su respuesta es más coherente y más decidida hacia el Señor. Él llega a Jesús antes de Pedro como respuesta a la llamada, él pone su cabeza en el pecho de Jesús en la última cena, en el proceso está cerca de Jesús, en el Calvario él está con la madre de Jesús, ahora él precede a Pedro en llegar al sepulcro, en el mar de Tiberíades él reconoce al resucitado. ¿Quién es? Seguramente representa a la autenticidad del discípulo, de quien le sigue con entusiasmo y se da cuenta primero de quien es amigo de Jesús y de quien es su enemigo; no tiene nombre porque cada uno está invitado a poner su propio nombre.

El sepulcro vacío, las vendas y el sudario.

María Magdalena va al sepulcro para completar la obra de sepultura, para expresar el sentimiento de cariño al Amigo-Maestro muerto por la maldad humana. Lo que encuentra son los signos de la muerte, las vendas y el sudario. También Pedro y el discípulo que Jesús amaba se encuentran con los signos. Distinta es la respuesta ya que Pedro no llega todavía a creer mientras que el otro discípulo vio y creyó. Es la conclusión del camino iniciado en el jardín, construido con el correr hacia el sepulcro como si fuera una llamada que ha utilizado la voz de la Magdalena, y que termina en la fe. El itinerario de la fe exige mirar los “signos” del Maestro, dejarse guiar por la palabra de Dios redactada en las escrituras, palabras que abren la mente y el corazón, que iluminan y revelan al Resucitado.

La resurrección está en la verdad del don de la vida.

No es la muerte la última palabra de la vida sino el amor, amor que lleva a entregar la vida. Éste el camino verdadero que lleva a entender la vida, a dar razón del ser y del actuar, a indicar que así Jesús ha resucitado.


Giorgio Peroni

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