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Ascensión del Señor
P. Giorgio Peroni
/ Lunes 3 de mayo de 2010
  
 

Ascensión del Señor Hch 1, 1-11; Ef. 1, 17-23; Lc. 24, 46-53.

¿Te vas o estás?

La ascensión marca el ingreso en la gloria, allá donde está la casa del Padre, el lugar de la casa de Dios. El Hijo eterno del Padre no abandonó su casa en el momento de la encarnación y, así, tampoco abandona la tierra con su ingreso en la gloria del Padre. Una luz nueva se proyecta sobre la historia que sigue con sus acciones y trabajos pero que tiene una perspectiva nueva. Más allá del dolor y de las miserias, de las fallas y de los errores, se puede entre-ver la presencia y la acción del Señor que construye el Reino. Hasta la muerte deja de ser el drama de la destrucción para hacerse el acercarse del encuentro con quien nos ama, con quien nos ha salvado, con quien nos quiere en su casa de gloria y de eternidad.

La resurrección marca el comienzo del Reino pero no la conclusión de la historia.

El comienzo del Reino no es contrario a la historia, más bien está en la historia. De aquí la misión de ser testigos, de ser camino de realización del Reino que es fruto y don del Señor que está. A Jesús lo encontramos en la imagen de la nube, la que manifiesta la presencia de Dios (pensamos a la nube que acompaña el proceso de liberación de Egipto y que está en el momento de la transfiguración), la nube que nos revela como Cristo resucitado ha sido acogido, está sentado a la derecha del Padre, ha sido proclamado Señor.

Los dos hombres vestidos de blanco.

Son los dos que están en la tumba vacía, son los testigos-garantes de la resurrección, de la presencia viva del Señor. El color blanco, expresión del mundo de Dios, nos dice que hay continuidad entre la realidad de Jesús, el hijo encarnado, y el Señor; Jesús, el siervo fiel muerto por los hombres, es el victorioso, es el glorificado.

La mirada al cielo y la voz de lo alto.

Tierra y cielo, historia y futuro, presente y eternidad: no hay ruptura. No se trata de mirar sino de asumir la misión que empezó con Jesús y que sigue con los cristianos, con la Iglesia que estuvo cuarenta días con el Maestro, que recibe el Espíritu. Es el paso de la misión, la continuidad en la misión allí en la tierra, lugar de autenticidad de la fe. Es la tierra, es la historia el lugar donde se prueba y se realiza la misión.

Ascensión y glorificación.

Es así como entendemos la ascensión como momento de la resurrección, como parte de la gloria que se expresa en el amor: ya está abierta la puerta que une el cielo con la tierra, todo lo que parece muerte, injusticia, sufrimientos, dejan de ser sin respuesta, ya pueden ser vistos en el proyecto de Dios que vence. Aquí la comprensión del misterio de la Iglesia, una realidad profundamente humana y siempre abierta a la presencia y a la gloria divina.

Todo es un proceso.

Nada es casual, todo tiene una lógica revelada y anunciada: la palabra revela los secretos de Dios, la palabra necesita ser escuchada, puede ser comprendida desde el misterio de la resurrección, abre la inteligencia a la verdad del actuar divino, un actuar que alcanza a todas las gentes, que tiene la dimensión de la universalidad porque el Padre se ha revelado “Padre nuestro” y solo la fraternidad da la luz de la verdad de la paternidad divina.

La Iglesia, esfuerzo de fraternidad, discípula abierta al Espíritu.

Este es el proceso de la misión: don y respuesta, don que hace posible, respuesta que da cuerpo y voz a la Palabra que revela y salva. No se trata solo de buena voluntad, sino de presencia que hace posible la voluntad y la decisión. Así la Iglesia puede ser testigo verdadero.

La bendición.

El decir bien del Señor es la certeza de su estar, de su ser que actúa en y con, de la presencia que hace verdadera la acción en el cuerpo histórico de la comunidad. No estás solo, Él está con nosotros y aquí está la certeza, la garantía del resultado, de la gracia.


Ascensión del Seño

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